
El Maricón de la tía Gila
Marica de terciopelo.
Francisco de Goya vuelve a fotografiar su realidad, sin filtros ni miedos, evocando a la «Tía Gila», la viva imagen de una mujer vieja y fea, con una gran novedad: la coloca en el cuerpo de un hombre, invitando a reflexionar sobre su representación.
El famoso Cuaderno C de Goya escondía renuncias, cantos a la vida y al paso del tiempo, pero también sorpresas como este hombre, con atuendo de protagonista del siglo XVII y una especie de falda remangada que deja lucir la gran barriga humana y real del modelo. En este caso, el de Fuendetodos dibuja con gran esmero la fealdad del hombre, quien parece que nos mira aterrorizado, sufriendo como cuando madrugamos un lunes sin un motivo aparentemente importante. Lo que no sabemos, es que, sin comerlo ni beberlo, Goya nos cuela una renuncia social; el hombre vestido con estos sorprendentes paños, es un homosexual que muestra la represión y el calvario que sufre simplemente por su condición sexual. Miren su rostro, esos ojos hundidos y esa boca torcida muestran, ni más ni menos, la barbaridad que sufrían los homosexuales, lesbianas (ocultadas en relaciones de amistad) y travestis (que también los había) en este inicio del siglo XIX.
No sabemos cuál era exactamente la postura de Goya ante el tema, el título no deja mucho margen para la sutileza: El maricón de la tía Gila, pero sí sabemos que, llegado este punto, el pintor parece volver a ser un artista por puro oficio. Se olvida un poco de los encargos millonetis de la corte y se entrega a lo que de verdad le gusta (o le obsesiona): retratar a la sociedad que tiene delante, con sus miserias, rarezas y personajes imposibles, como si llevara la realidad pegada al cuaderno con cola de contacto.
Francisco de Goya