
La gitana
Tengo los ojos aquí arriba.
Conocida en el Louvre como La gitana, en realidad se trata de un pedazo de eufemismo para referirse a una prostituta, tipo de persona que frecuentaba los bajos fondos neerlandeses tan bien conocidos por Frans Hals.
¿A qué viene esta acusación? Varios motivos: el pelo suelto, por ejemplo. En la Holanda del XVII una señora respetable llevaba siempre el pelo recogido y bien tapadito.
La mujer está medio despeinada (quizás después de una siesta), sonriente (nada que ver con la sonrisa más famosa del museo parisino) y muestra un sugerente escote con dos apretujados pechos, que casualmente son el centro compositivo del cuadro. O al menos la mirada se nos va inevitablemente hacia ahí.
La mirada de ella, en cambio, se dirige a la derecha, seguramente hacia a algún cliente. Con este truquillo tan eficaz, el bueno de Hals expande como por arte de magia la pintura más allá del lienzo.
Una mirada, por cierto, que parece de una persona real. A esta gitana sólo le falta guiñar un ojo.
Hals la pinta igual que como vivía: de forma rápida, intensa y cruda. El pintor buscaba energía más que perfección, como les gusta a muchos de los lectores de HA!
Frans Hals