
Cristo crucificado
Velázquez mood!
Sobre un fondo negro lleno de patetismo, el maestro de Fuendetodos presenta un Cristo crucificado con olor a Velázquez, en una forma académica que une a los dos prodigios de la pintura española.
La figura de Francisco de Goya fue criticada por ciertos sectores de su tiempo, este caso no es una excepción. Se culpó al pintor de hacer una obra religiosa sin apenas religión. Más bien, los haters de Goya se dieron cuenta de que el cuadro es un alarde técnico con poca simbología religiosa. No hay sangre, no hay pena. Ni tampoco un limbo velazquiano, sino simplemente una pieza de examen donde Goya muestra un cuerpo intacto, marmóreo e iluminado ante el creyente que debe adorarlo. La iluminación se concentra en la figura, destacando los músculos, la piel y la disposición de los brazos. La cabeza ligeramente inclinada y el rostro de expresión contenida completan una imagen en la que hasta el sufrimiento parece haber pasado por el filtro de la elegancia académica. Todo está calculado para demostrar que Goya sabe pintar, y mucho.
Sería injusto decir que Goya quiso ponerse una flor como el pintor de todos los tiempos. Simplemente, no necesita recurrir a la sangre ni a la violencia para construir una imagen poderosa. Goya siempre conectará, de una manera u otra.
En definitiva, el Cristo de Goya es una obra en la que la técnica se impone al drama y la anatomía parece reclamar el primer plano de la devoción. Un Jesús impecable, sin una gota de sangre y con una musculatura envidiable, más dispuesto a superar el examen de la Real Academia que a representar el sufrimiento de la Pasión.
Francisco de Goya